
Pero no puedo evitarlo. Soy de ese 6%, ese grupúsculo friki que se traga sin pestañear las frases célebres de Jousi. Sarna con gusto no pica. Y yo, con mucho gusto, procuro ver Supermodelo, viaje de a bordo mientras me tomo un café con leche, aunque en mi fuero interno sé de sobra que es pura sarna.
"Tus mechas son mis úlceras de estómago", Jousi dixit. La crueldad con la que se trata a los concursantes es el plato fuerte. Y a mi me place verlo, luego soy cruel. Me río de ellos al igual que lo hacen los "profesores". Pero cuando digo, me contradigo. Y mientras me estoy riendo, los estoy envidiando a muerte.
Cuando hacían Fama también estaba al pie del cañón. A ratos me daba vergüenza ajena, pero normalmente, yo soñaba con que en realidad no era una anónima estudiante, sino una excepcional bailarina, de las que te hacen un porté sin inmutarse. Y que estaba en la tele, con los demás concursantes, luchando por la inmunidad y evitando a toda costa una dolorosa nominación. Rafa me decía que era muy hot y que jamás hacía cagadas.
Con Supermodelo 2008 no he sentido aún tal nivel de identificación. Pero hubo una anterior edición que viví muy a fondo. Las galas eran los lunes (en consecuencia, los lunes eran sagrados), y en cada una de ellas sufría como una supermodelo más y ansiaba los zapatos rojos. En el tiempo que duró el programa no dejé de mirarme al espejo haciendo poses que posiblemente le hubiesen encantado a Rouzic, ni paré de lamentarme porque mi metro sesenta me impedía presentarme al casting.
Y sé de sobra que este tipo de programas son básicamente una soberana mierda, pero no puedo evitarlo. I love telebasurilla.
Mar Lázaro Borrell.





